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Historia del arte. Volumen II: El arte medieval
Disponible en sala
en colecciones | Sala B
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Historia del arte. Volumen II: El arte medieval
AUTOR
Elie Faure
AÑO
1944
PAÍS DE ORIGEN
Buenos Aires, Argentina
EDITORIAL O ENTIDAD EDITORA
Editorial Poseidon
PÁGINAS
379
IDIOMA
Español
INCORPORADO AL CATÁLOGO
05.06.2026
CONSULTAS
13

SINOPSIS:

Los hilos de la historia siempre han sido tendidos sujetándolos en el firme poste del dato cronológico. Es cosa generalmente aceptada que la Edad Media finaliza en el 1453, con la caída del imperio bizantino. Más para Elie Faure los períodos históricos entrañan ante todo un estado espiritual de la humanidad y, así, la Edad Media rebasa los límites del tiempo abarcando a todos aquellos pueblos cuya circunstancia vital está caracterizada por cierto molde político y social en el que se agitan las aspiraciones religiosas de la muchedumbre anónima, movida por un misticismo un tanto confuso, pero dueña de una fuerza coherente tal que la conduce a las más altas realizaciones artísticas y a expresar por un instante, o por siglos, el alma esencial de una raza en comunión con su tierra. De acuerdo con este criterio, el II tomo de su Historia del arte, El arte medieval, encierra en sus páginas las manifestaciones pláticas de los pueblos más diversos -indios, chinos, japoneses, africanos, polinesios, etc.-, pueblos que en algunos casos alcanzan las fronteras de nuestros tiempos: la India, con sus templos cavados en la roca, en cuyo interior bullen las mil formas que la imaginación frondosa y el lírico panteísmo del indio ha infundido a la piedra; China, dando al mundo su flor de refinada civilización -tan igual, en el curso de su vida-, con su lenguaje plástico en que el simbolismo de la forma parece haber sido aceptado desde siempre y para siempre, inmovilizado en la armadura de un dogma moral consagrado por el espeso sucederse de las generaciones. Y a su lado, el Japón, su discípulo, sometiendo el repertorio de imágenes de su vecina continental a la confrontación continua con la naturaleza, lo cual dota a su arte, tan estilizado, de una vitalidad inagotable. Y Bizancio haciendo perdurar en un clima de invernadero la planta agostada de las antiguas civilizaciones -de Grecia, Roma, Oriente-. Y, en suelo europeo, el cristianismo -vehículo de la expresión colectiva- reventado en esplendorosa floración, despúes de mil años de lento germinar, en el bosque de piedra de las catedrales de Francia, gracias al despertar del sentimiento de comunidad en los hombres que la habitan. Y por fin Italia, volviendo a encontrar, con San Francisco de Asís y Giotto, el amor a la naturalezaa y el sentido de la forma.


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