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ArgentinaEl Renacimiento señala el comienzo del reinado del individuo e inicia la era de la investigación personal que trae consigo la inquietud, la duda y la afirmación caregórica. Caracterízase por un ritmo de vida acelerado, febril, por la pugna de los hombres cuya personalidad asume, las más de las veces, proporciones gigantezcas. Elie Faure, en su historia de El Renacimiento, ofrece un cuadro completo, sin huecos, viviente y complejo, donde sin dejar de establecer las grandes líneas de contrucción hace vibrar la línea sutil que sigue los alabeos de las almas a quienes toca vivir la hora decisiva en que el individuo avanza hacia las candilejas de la historia, dueño de una conciencia en busca de su propia afirmación.
Italia- como luminosamente lo refiere Faure – , por una serie de factores favorables, es la llamada a proporcionar a toda la Europa Occidental y Septentrional los fenomenos que transformarán al colectivo del medioevo en el nuevo tipo de humanidad cuyos motores vitales no serían ya la fe y el misticismo sino la razón y la experiencia. El artista del Renacimiento acude, es cierto, a las fuentes de la antigüedad, pero ésta sólo le sirve de pretexto para afirmar su derecho a la vida y a la acción libertada de la armadura del dogma cristiano, tal como más tarde la Reforma es, en el Norte, el arma que libera a los pueblos septentrionales de la opresión económica de Roma al par que les permite decantar su propia personalidad ahoga ppor el idealismo latino.
Florencia, antes que Roma y Venecia, asiste al primer despertar de la conciencia individual, tanto más dramático cuanto que el hombre oscila entre una creencia que ya no satisface sus anhelos y un nuevo ideal cuya forma apenas le es dado vislumbrar. Y es la pintura, “el lenguaje – dice el autor- de la incertidumbre, de los arranques y retrocesos del corazón”, la que mejor expresa en todos sus matices a estos espíritus tremendamente inquietos. Al Pintor florentino corresponde forjar los nuevos instrumentos que luego Rafael, en Roma, concertará en una potente melodía, florecimiento y síntesis del equilibrio tan angustiosamente buscado por los italianos. Venecia, en cambio, logrará sin esfuerzos y casi sin titubeos el fruto pleno y maduro de una pintura que es canto a la vida del cuerpo en total compenetración con la naturaleza y que en términos pictóricos es el imperio absoluto del color y de la forma llena y redonda, cuyo máximo exponente es Tiziano “el padre de la pintura moderna”.