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ArgentinaEncarnación Ezcurra mantenía una fluida correspondencia con su marido, Juan Manuel de Rosas, que alternaba su vida entre el campo y las campañas militares. Sobre la base de estos textos y de la época en que se escribieron, Vera Pichel reconstruye la vida de la pareja y del país que se estaba formando. Descubre así el verdadero papel que desempeñó Encarnación, desplazada a un plano decorativo o injustamente olvidada en la historia argentina. Nada más elocuente que sus palabras a Rosas, a quien trataba indistintamente de “usted” o de “vos”:
“Sé que le enviaron dos cartas con un emisario. No conteste ninguna de ellas. Usted no vive aquí y no sabe mucho de la gente. Yo sé porque aquí estoy. Yo conozco a todos y sé cómo piensan y cómo actúan.”
“Me he enterado que te mandan un barril de aceitunas. Te pido que las hagas probar antes de comerlas. Ganas de envenenarte tienen y bastante.”
“…hay quien tiene miedo. ¡Qué vergüenza! Pero yo les hago frente a todos, lo mismo me peleo con los cismáticos que con los apostólicos… aquí en mi casa no entran sino lo decididos.”
“Estamos obligadas, todas las clases sociales, a trabajar por el bien común.”
“Dime algo a mí, soy tu mejor amiga. Los paisanos me quieren y sabes que tengo bastante resolución para ayudarte. ¡Qué gloria sería para mí, si algún día pudieras decir: más me ayudó mi mujer que todos mis mejores amigos…!”
Encarnación Ezcurra aparece en el centro mismo de la escena. Algunos lo notaron: José Ingenieros la llamó “la loba” y Lucio V. Mansilla afirmó que “sin ella quizás Rosas no volvía al poder”. Brava y celosa guardiana que acecha, observa y advierte, fue promotora de hechos decisivos que incluyeron una revolución y, a la vez, resguardó sus sentimientos de mujer enamorada detrás de las circunstancias de su lucha.
Encarnación Ezcurra. La mujer que inventó a Rosas es un verdadero trabajo de alumbramiento histórico.