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ArgentinaEl año 1879 divide la historia argentina en dos partes, como hasta entonces la zanja de Alsina dividía al país en dos zonas distintas y opuestas. Antes de esa fecha, es decir, hasta hace menos de un siglo, el territorio argentino estaba mutilado por una movediza frontera de alaridos, incendios, muerte, cautiverio peor que la muerte y, además, de peligro para la soberanía nacional, amenazada por vecinos codiciosos. Porque la Argentina no podía afirmarse en el plano internacional sin que esta llaga interior se reabriera y denunciara ante el mundo su debilidad y su vergüenza.
Después de la campaña definitiva de 1879 se redondeó el territorio de la Nación, y así la Argentina, perfeccionada su soberanía, pudo hacer oír su voz, ya segura, a las demás naciones. El ferrocarril y el telégrafo corrieron vertiginosamente y vencieron al desierto con más eficacia aún que la lanza y el rémington. Entonces se atrevieron a inundarnos las multitudes inmigrantes, crecieron los ganados y las mieses y el país creyó, al uso del tiempo, que su progreso no tendría fin.
La epopeya del desierto -que, desde luego, no se agota en la visión y en la proeza de Roca, sino que incluye todos los sacrificios anteriores- es un tema prácticamente virgen para el arte y la literatura argentinas. Se ha dicho que América carece de memoria. Sin embargo, pocos asuntos hay más ricos en sugestiones de aventura, de crueldad, de miedo y de heroísmo.
Hoy, a noventa años de la ley 947, que autorizó la expedición al Río Negro, y para saldar así sea parcialmente una larga deuda de olvido, EUDEBA ofrece una doble versión de la epopeya: las vívidas imágenes de Pablo Lameiro y los textos, no menos elocuentes, de Jorge Koremblit.